Sorolla por todos lados: también en la Fundación Mapfre, que se centra particularmente en una etapa de su vida, la de la gira americana donde le llegó el éxito con fuerza. 

Del 23 de septiembre al 4 de enero de 2015 la obra americana de Joaquín Sorolla ocupará las salas madrileñas de la Fundación Mapfre con las pinturas que nunca antes se habían exhibido en España ya que son parte del trabajo del pintor en EEUU, donde arrasó a la hora de presentar su trabajo. ‘Sorolla y América’ es todo un canto al éxito internacional de un pintor particular y típico de su tiempo, si bien sirvió de puente entre el siglo XIX y el XX con más fuerza de la que se cree. La muestra está comisariada por Blanca Pons-Sorolla, bisnieta del artista, que ha reunido más de un centenar de pinturas, bocetos al óleo y dibujos, que van desde la eternas escenas de playa (Sorolla amaba el mar, se lo bebía en pintura) a los retratos y los temas históricos. La muestra, dividida en nueve secciones, llevará al espectador por la intensa relación entre el artista y EEUU.

Será la primera vez que en España puedan verse cuadros que son parte del patrimonio nacional norteamericano, muchas de ellas en museos públicos pero sobre todo en colecciones privadas, y que coinciden con la plenitud del artista español, que puso su talento al servicio de una burguesía americana que supo recompensarle y ponerle a trabajar. El inicio de esta relación hay que buscarlo en 1909, cuando Sorolla, encumbrado en España, realiza la primera exposición personal en suelo de EEUU, en la Hispanic Society of America, situada en Nueva York y una de las puertas del arte español en la gran república. Bajo el patrocinio de esta institución, presenta sus obras en diferentes ciudades Boston, Buffalo, San Louis y Chicago, donde logra un gran éxito.

Paseo del faro de Biarritz (cuadro en Boston)

‘Paseo del faro de Biarritz’, cuadro de un museo de Boston que estará en la exposición

 

Las claves eran la estética luminosa de Sorolla unidas al optimismo que sabía vender en sus cuadros de mares y vidas llenas. Era un pintor de la plenitud feliz en la costa, llenas de color y fuerza, y el público americano lo asumió con rapidez. Gracias a esta gira Sorolla realizó retratos de las personalidades más influyentes como el presidente William Howard Taft o de los miembros de la familia Morgan, dueños de la banca JP Morgan, y que le abrieron las puertas a muchos otros encargos. Gracias a su talento para el retrato Sorolla enamoró a los coleccionistas americanos, a los que llenó la vista con mar, playa, jardines, momentos familiares sin corsés, libres y llenos de vida. Pero sobre todo de luz, la alucinante luz mediterránea que él llevaba memorizada como pocos.

La exposición reunirá las obras de Sorolla procedentes de importantes instituciones americanas como la Hispanic Society of America, el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, el Brooklyn Museum de Nueva York, la Morgan Library de Nueva York, el Museum of Fine Arts de Boston, el Art Institute de Chicago, la Washington University Gallery of Art, de Saint Louis, The J. Paul Guetty Museum de Los Angeles y de muchas de las mejores y más antiguas colecciones particulares de EEUU, que son uno de los pilares artísticos del país. La exposición ya ha itinerario por EEUU en dos grandes paradas, el Meadows Museum (en 2013 y hasta abril de este año) y el San Diego Museum of Art (de mayo hasta finales de este mes de agosto).

‘María at La Granja’ (1907) y retrato del presidente William H. Taft (1909)

Sorolla, el pintor que se bebía el mar

Pero no es lo único que hay de Sorolla a disposición del público. Hasta el próximo 14 de septiembre se expone en el CaixaForum Barcelona ‘Sorolla, el color del mar’, un nuevo intento de capturar la luz y el mar que se bebía Sorolla a sorbos por sus sentidos y que luego volcaba en sus cuadros. Porque el valenciano tuvo una vida larga entre el mar, Madrid y América (nacido en 1863 y fallecido en 1923), un pintor que sobre todo exprimió al máximo los estilos impresionistas y los adaptó a su particular forma de entender el arte, que como todo buen valenciano quedó íntimamente ligado al mar y la luz. Esa luz que dicen calcina la vista y el alma, con el Mediterráneo batiendo contra la costa y las playas una y otra vez y que él tan bien supo captar.

En la exposición barcelonesa se reúnen 80 obras que giran alrededor de ese azul multitonal que siempre adoró. Un azul mediterráneo, tan diferente del azul oscuro que se torna plata líquida los días grises que es el Atlántico. El modo temático implica reunir las piezas que pintó en Valencia (sobre todo) pero también en Palma de Mallorca y Biarritz. También se incluyen los cartones y tablas que ejercían de planes, esquemas y bocetos para la obra posterior, así como objetos personales del pintor para contextualizarlo con su tiempo y su vida y cómo ambos influyeron en su arte. Un detalle: valenciano, sí, pero vivió casi toda su vida en Madrid (donde está el Museo Sorolla, por cierto), una existencia capitalina que por el contrario dejó en él la añoranza profunda del mar de su tierra.

Éste es un detalle importante porque esa distancia física (que no de la memoria y el sentimiento) es la clave del punto de obsesión necesario que tuvo Sorolla para repetir una y otra vez la misma pasión, la de reflejar el mar y la luz. Alrededor de eso gira todo. Su trabajo profesional, como pintor de la burguesía enriquecida de la España de final de siglo y principio del XX, le llevaría cientos de km al interior del país, lejos, muy lejos, del Mediterráneo y el Atlántico. Al margen de los encargos profesionales él siguió pintando en su estudio el mar y esa variante de luz continua que tiene en la costa. Una abundante producción donde pintaba con libertad, experimentaba y no tenía que someterse a los gustos de los clientes. Esa libertad le permitió progresar y repetir, ensayar, acertar y equivocarse, hasta que finalmente lograba la pieza deseada.

La exposición se divide en tres áreas: primera, la nostalgia de la niñez vivida en las playas valencianas y que Sorolla convirtió en un mundo personal al que siempre volvía una y otra vez; segunda, la transición de ese mundo hacia la tela y el trabajo de análisis diario y bajo diferentes luces (como hicieran los impresionistas hasta la extenuación); y tercera, la madurez del pintor, donde la pintura se vuelve más poética y donde hay más de mundo imaginario que traslación del real. En todos ellos está presente el agua como principio y fin de todo el viaje, y la complicación de ser capaz de plasmar en una superficie de dos dimensiones e inmóvil un elemento extremadamente plástico y que siempre está en movimiento.

‘Sorolla, el color del mar’ es una coproducción entre el Museo Sorolla, La Caixa y donde el 90% de las obras pertenecen al primero, principal hogar y guardián del legado pictórico de un artista que en su tiempo fue uno de los más grandes pero también el último de una época. En aquellos años 20 en los que murió se incubaban las vanguardias que lo cambiarían todo, o mejor dicho, que ya lo habían cambiado todo pero entraban en su fase decisiva. El “chip” artístico cambiaba y el estilo Sorolla era ya de tiempos anteriores. También hay aportaciones de la miríada de coleccionistas privados que o bien heredaron o compraron a posteriori las piezas que Sorolla vendía para mantener su carrera de pintor. La muestra viajará después a Palma de Mallorca, últimas etapas después de arrancar en Madrid y Canarias.

Coproducida por la Fundación Museo Sorolla y la Obra Social La Caixa, el 90% de obras pertenecen a la fundación, aunque también hay aportación de coleccionistas privados –dos vienen del Museo Carmen Thyssen de Málaga–, ha especificado Duran, que ha dicho que después de haberse visto en Madrid, Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria -con la incorporación en Barcelona de cinco obras–, viajará próximamente a Palma de Mallorca y Zaragoza.