El Museo del Prado expone hasta el 12 de junio uno de los mejores compendios que se han organizado en España sobre Georges de La Tour, un pintor a caballo entre dos épocas, afortunado profesionalmente pero con un carácter igual de taciturno que muchos de sus cuadros, dotados de un recogimiento que los diferencia del resto.

Cuadro de portada: ‘El recién nacido’

Frente a la explosión formal y estética de muchos pintores, Georges de La Tour fue como el célebre cuadro ‘El recién nacido’, un pequeño centro de luz que se abre (poco) camino en la oscuridad nocturna. Sufrió el efecto de la fama oficial: en vida fue influyente y célebre, pero a su muerte se extendió un pesado silencio contra él, quizás como reacción a su arte por parte de los ilustrados, o bien porque su estética fue superada con fuerza por el racionalismo neoclásico. No sería recuperado hasta el siglo XX, principalmente por Hermann Voss y la exposición ‘Pintores de la realidad’ en los años 30, en París. Fue entonces cuando Francia recuperó su legado y memoria. Y los franceses pasarían luego el testigo al resto del mundo con la subasta de varias obras y varias muestras más en los 70 y 90 que terminaron el proceso de recuperación. La exposición del Museo del Prado aglutina un total de 25 piezas de La Tour

Cuentan de él que fue un clásico de personalidad fría y misántropa, “desabrido”, producto de un pequeño país (el Ducado de Lorena) que fue engullido por la misma Corona Francesa para la que él trabajaría luego como pintor de Corte, aunque todavía en su tierra natal. Fue Luis XIII, responsable de que la patria lorenesa pasara a ser francesa, quien terminó de consagrarle como uno de los “elegidos” que vivían del arte sin problema. Pero esa estabilidad, un sueño inalcanzable para muchos otros, no le restó pequeñas amarguras que se traducirían en un estilo de pintura perfectamente identificable. Escenas que suman tres factores: recogimiento espiritual, fuentes de luz difusas que luchan contra la oscuridad (hasta el punto de reducir a la mínima expresión el arco de tonalidades; si hubieran sido en blanco y negro no habrían variado mucho) y un lirismo contenido que se traduce en un profundo silencio formal. Sus personajes apenas se mueven, casi parecen estatuas dotadas de expresiones de serenidad, soledad y silencio a partes iguales.

‘La Magdalena penitente del espejo’, una muestra del recogimiento “ensimismado” de los cuadros de La Tour

La Tour nació en Vic-sur-Seille (Lorena) en 1593 y falleció en Lunéville, en la misma región, en 1652. Provenía de una familia de artesanos y pequeños propietarios que le confirieron una estabilidad económica en la infancia y juventud envidada por la inmensa mayoría. Esos primeros años han quedado olvidados por falta de información. Sí se sabe que en 1616 ya ejercía de pintor formado y que realizaba algunas piezas. Existe documentación fiable que da por bueno su matrimonio en 1617 con Diana Le Nerf, nacida en una familia acomodada, y se instala en Lunéville en 1618, de donde no saldría. De hecho en 1620 adquiere el estatus de “burgués” de la villa, con lo que entra en una clase social no aristocrática ni rica pero sí acomodada y urbana.

En poco tiempo adquiere fama y cierta fortuna por tener como cliente al duque de Lorena, que entre 1623 y 1624 le compra varios cuadros. Cuando las tropas francesas conquistan el Ducado de Lorena su valor artístico es respetado. Tanto que en 1639 hay documentación de un viaje a París, donde consigue ser “pintor ordinario” del rey: su trabajo consistirá en pintar por encargo cuando sea requerido por el rey. Además realiza otros cuadros para cargos de Lorena, como los gobernadores, e incluso es llamado por el mismísimo Richelieu, que compró varios cuadros suyos. Esa fama se mantendría durante toda su vida hasta el momento de su muerte, por una epidemia, que se llevó primero a su esposa y luego a él. Su legado son cuarenta pinturas reconocidas (firmadas) y otras 28 copias de los originales perdidos. Y en muchos casos establecer la cronología es complicada: sólo dos composiciones referidas a San Pedro tienen fecha legible, 1645 y 1650, por lo que es complicado incluso establecer los tiempos de creación.

Detalle de ‘Ciego tocando la zanfonía’

En sus obras la composición se libera de lo superfluo (arquitecturas, paisajes, detalles) y se concentra en lo esencial (al estilo del arte contemporáneo), que suele quedar constreñido en el gesto, en la forma y en la débil iluminación. Por supuesto hay excepciones (sobre todo en los cuadros de encargo religioso que debían cumplir con determinados cánones), pero hay ocasiones en los que atributos clásicos (auras de santificación, alas de los ángeles, joyas, vestidos) desaparecen. Su obra se puede dividir de forma más sencilla entre día y noche, literalmente: en los cuadros donde se escenifica en la mañana la luz es difusa, fría, invernal, y La Tour tira de hiperrealismo sin compasión, ya que registra incluso las arrugas más pequeñas. De hecho en estas obras sí se permite cierto grado de recreación del color y el movimiento, aunque no violento, sino más bien pausado. Un buen ejemplo es ‘Riña de músicos’.

En cambio, si son escenas nocturnas, la presencia de las velas y candiles marcan la diferencia y crean el entorno de la composición, los colores se reducen a la mínima expresión, con planos simples y sin complejidad formal. Se trata de escenas casi domésticas que evolucionarán hacia cuadros donde se produce un efecto muy moderno: una dimensión casi abstracta donde la forma se difumina en virtud de una idea que subyace. Ejemplo: un personaje lee a la luz de una débil vela; apenas hay detalles humanos, muy simples y que transmiten más una idea de quietud, paz, soledad y espíritu que sentimientos o acciones. No hay movimiento, sólo ese “ensimismamiento” que podríamos ver en muchas otras composiciones más propias de vanguardias.

‘Riña de músicos’, un ejemplo de escena “diurna” de La Tour

‘Lectura de la buenaventura’