Un simple día del 3 de marzo de 1915 el gobierno federal de EEUU tomaba una decisión que iba a marcar la historia de la ciencia y la tecnología, incluso de la imaginación de muchos: nacía el embrión de la NASA.
Este extenso reportaje es mucho más que un centenario, es un repaso a lo que es la NASA, lo que ha hecho, hace y lo que hará en el futuro. La mayor agencia espacial del mundo, que literalmente quintuplica el presupuesto de la siguiente, a la que solo le pueden hacer sombra Roscosmos (Rusia) y la Agencia Espacial Europea (ESA), cumplía 100 años el pasado 3 de marzo. Ha competido con ellas, y también se ha aliado con ellas. Por ahora sólo la agencia espacial china vuela sola, pero su capacidad tecnológica, logística y, sobre todo, científica, sigue muy por detrás de la NASA, capaz de sobrepasar las fronteras de los meramente científico para convertirse incluso en una parte de la cultura popular. A fin de cuentas llegaron a la Luna, volvieron, y de nuevo fueron otro puñado de veces más.
El 3 de marzo de 1915 nacía el Comité Consejero Nacional para la Aeronáutica (NACA), una agencia que tenía la misión de explotar al máximo todo lo relacionado con el entonces novato arte de volar. Hacía apenas una década que los hermanos Wright, norteamericanos, habían volado por primera vez, y EEUU no podía quedarse atrás mientras en Europa franceses, británicos, alemanes e italianos ya tenían sus primeros y maniobrables cazas. La NACA perviviría hasta que en 1958 se expandía para dar lugar a la NASA propiamente dicha. Fue el 1 de octubre, así que en 2058 habrá que volver a hacer sonar la campana, más detallista. Pero como agencia nació en 1915.
En esos 100 años la NASA ha tenido tres trabajos fundamentales: exploración espacial, desarrollador tecnológico (ha testado todas las nuevas ideas relacionadas con aeronaves que se han aplicado luego en la vida civil o militar) y en los últimos años guardián de la Tierra en forma de investigaciones sobre clima, geología y medio ambiente. En su haber, además del mito del Programa Apollo que llevó al ser humano a la Luna, están la primera estación espacial, el Skylab, ser el pilar fundamental de la Estación Espacial Internacional (ISS), los transbordadores espaciales (con dos accidentes terribles incluidos), y por supuesto los programas de sondas espaciales y de robots autónomos que se han paseado y pasean por Marte (Opportunity y Curiosity son los dos activos) y que han llegado incluso, como en el caso de la Voyager, más allá de los límites del Sistema Solar.
No sólo son las misiones tripuladas, sino, especialmente, las no tripuladas, las que más fiabilidad científica le han dado a la NASA. En activo la NASA mantiene la sonda Cassini, la Mars Odissey alrededor del planeta rojo, el observatorio Chandra de Rayos X, el Fermi de Rayos Gamma, la nave Messenger alrededor de Mercurio y el ya insustituible Observatorio de Dinámica Solar, que monitoriza el Sol en tiempo real y es clave para predecir tormentas magnéticas o esos “estornudos” capaces de expulsar llamaradas de millones de km que son una de las pesadillas de la raza humana.
Más de un millar durante estos cien años y que han tenido una influencia inmensa en cómo concebimos el espacio y la propia vida en la Tierra. Estas misiones son la clave de nuestro mayor conocimiento del Universo, y van desde la mencionada Voyager a la monitorización del Sol en tiempo real y sus ojos frente al vacío, como el telescopio espacial Hubble, que revolucionó la astronomía, y que tendrá continuación con el James Webb Space Telescope (todavía en proyecto), donde se ha aliado con su hermana europea, la ESA. Sólo con esos proyectos, esos ojos fuera de nuestro planeta que no tienen problemas de contaminación lumínica ni una densa atmósfera de por medio que distorsione, ha cambiado casi todo de lo que teníamos en mente sobre cómo era el Universo.
Los satélites han sido su mayor baza: no sólo las sondas vigilantes que le han acoplado a casi todos los planetas de nuestro particular vecindario, sino también los que miran mucho más allá. Siguiendo la estela del Hubble y el James Webb (todavía en proyecto) aparecen el Kepler, que busca exoplanetas sin descanso y que ha nos ha abierto los ojos sobre cómo es el espacio cercano y lejano: cada vez hay más potenciales Tierras ahí fuera, y ha quedado demostrado que la formación de planetas es algo mucho más común de lo que nos imaginamos. Sólo el Kepler, que estuvo activo durante 14 años, sumó una hoja de servicios envidiable, con más de 2.700 nuevos mundos descubiertos.
El futuro de la NASA: Marte, Ceres, Plutón, Titán, Europa…
Actualmente lo que le quita el sueño a los desarrolladores de la NASA es la misión Dawn, que llegó hace un par de semanas al planeta enano Ceres, el más grande del cinturón de asteroides que separa los planetas menores rocosos de los gigantes gaseosos, y que en realidad es lo que quedó después de que el planeta en formación colapsara o no se formara. Y más allá está la misión New Horizons, que llegará en julio de este años a Plutón y ampliará así las fronteras hasta mucho más allá de lo que podíamos imaginar. Pero no es lo único: en mente están las lunas de agua helada como Titán y Europa, la Luna (otra vez), el complicado sistema de captura de asteroides y, por supuesto, Marte, que es como una obsesión universal.
Porque después de miles de millones de recorte presupuestario, y de recuperar parte de la inversión abrazando con pasión al sector privado (Lockheed Martin, SpaceX, Boeing), la materia gris de la NASA no se detiene y ya está pensando en el futuro cercano y lejano. Nada define mejor a la agencia espacial norteamericana que su leitmotiv interno más básico: imaginar y soñar con cosas que al cabo de unos años se hacen realidad. Soñaron en los años 60 con la posibilidad de construir naves espaciales y nació el programa de transbordadores que termino hace un par de años después de grandes avances; soñaron con cápsulas automáticas y fue SpaceX el que las acabó haciendo, y ahora sueñan con desempolvar otras “fantasías” como submarinos para los océanos subterráneos de otros mundos.
Los proyectos NIAC. La NASA se ha propuesto poner la mira de la carrera espacial en la búsqueda de vida biológica fuera de la Tierra. Y el ojo lo ha puesto en Titán, donde tiene grandes esperanzas de encontrar “algo” en los mares de hidrocarburos de esta luna, o bien en los océanos subglaciales de otros mundos. La NASA cuenta con su propio programa de innovación en la que diferentes proyectos privados compiten por fondos públicos, una manera muy inteligente de estimular la creatividad en lugar de cientos de comités públicos que terminan por entregar el dinero a gente elegida a dedo (¿les suena español?). El NIAC es una de esas plataformas, y en el último los responsables de la NASA han elegido un total de doce propuestas que son ciencia-ficción potencialmente ciencia real.
Uno de esos proyectos es un submarino que exploraría el mar de hidrocarburos del hemisferio norte de Titán, el Kraken Mare. En realidad es un diseño de robot submarino capaz de reprogramarse autónomamente para poder hacer experimentos científicos a partir de unas órdenes humanas sencillas. Los mares de metano líquido son candidatos perfectos para albergar vida bacteriana. También para explorar Titán la NASA eligió otro proyecto que desarrolla drones autónomos para que sobrevuelen la superficie dentro de la densa atmósfera de Titán. Otros programas, en cambio, apuntan a nuevos sistema de propulsión para hacer viajes al espacio profundo. El sistema, muy teórico, plantea alcanzar velocidades de 700 km por segundo gracias a una nave giratoria que utiliza el mismo estilo que las velas solares, naves nada aerodinámicas pero que podrían captar gran cantidad de energía solar para su impulso.
Otras ideas seleccionadas son más sencillas y cercanas: por ejemplo el uso de la tecnología de neutrinos para hacer mediciones de las lunas de Saturno y Júpiter que podrían albergar vida, o una más reciente aún consistente en redes para capturar asteroides en aproximación, incluso algo parecido a la sonda europea Rosetta, como naves ancladas a cometas que apenas gastaran energía para seguirles y poder estudiar a fondo estos fenómenos celestes que podrían estar directamente vinculados con el origen de la vida. O incluso, ahí está la gran hazaña, anclar naves a cometas que siguen su órbita por el espacio profundo y utilizarlos de “caballos de viaje” para estudiar el espacio profundo.
El futuro cercano: los módulos de SpaceX. Entre tanto ya está a punto de culminar el proyecto de módulos de esta empresa privada aliada de la NASA ya ha desarrollado, el Dragon. Éste funciona como un transbordador: sale del planeta con cohetes externos pero aterriza gracias a sus propios retrocohetes y sistemas de soporte que la asemejan a una nave espacial digna de una película de ciencia-ficción. La versión no tripulada ya es usada por la NASA para hacer de puente con la ISS. El Dragon es lanzado además con cohetes propios de la empresa, los Falcon 9, y es uno de los únicos tres modelos de nave privada que compiten por el gran y goloso regalo que supondría un contrato final con la NASA. Actualmente SpaceX ya tiene un contrato 1.600 millones de dólares para doce misiones de reabastecimiento de la estación.
Misión NEO: capturar asteroides. Atraparlos, sacarlos de sus trayectorias y dejarlos en órbita lunar o incluso transportarlos a otro sitio para poder estudiarlos. Tan complicada es la misión que se ha propuesto la NASA que tiene que realizarla por fases tecnológicas. De momento una de esas fases más complicadas ya está en marcha: encontrar una roca adecuada para su captura y estudio. No es tan sencillo como echar el lazo y tirar de ella; las implicaciones físicas y tecnológicas son muy grandes y la ciencia-ficción es eso, ficción.
El equipo de la misión NEO ya tienen una lista de candidatos de doce objetos que puede ser útiles: tamaño menor y pocos problemas para que puedan ser llevados hasta la Luna y, una vez en una órbita segura, estudiarlos con más tranquilidad. La que ofrece nuestro satélite natural, a escasas 48 horas de viaje de nosotros. Para cumplir con los fundamentos de la misión el objeto no puede ser mayor de 10 metros o adaptarse a otras categorías de tamaño que obligaría a la NASA a usar otros métodos. El estudio de los asteroides podría tener implicaciones muy reales y no tan lejanas en el campo de la minería, por ejemplo, lo que abre la posibilidad de que las misiones sean de capital mixto público-privado y se puedan ahorrar costes.
El encargado de la misión es Lindley Johnson, que aseguró que siguen buscando otros candidatos, pero que los miembros del equipo “continuarán en este nivel los próximos dos a tres años, hasta que llegue el momento de determinar realmente cuál será el mejor objeto para la misión”. El propósito final es poder enviar una sonda robótica que, literalmente, agarre el asteroide y mediante propulsores la lleva consigo fuera de su trayectoria hacia el espacio que hay entre nosotros y la Luna. La razón de ese lugar es sencilla: el asteroide estaría a la distancia perfecta para la cápsula Orion y los nuevos supercohetes que sustituirán a los viejos transbordadores espaciales ya retirados. Todo está previsto para 2021, no antes.
El propósito es que la primera misión sea más tarde, no antes de 2025, ya que la Orion debe ser probada antes, los cohetes utilizados para saber su rendimiento real y así no saltarse los planes diseñados por la NASA y la Administración de Barack Obama y que recogerá el siguiente presidente. Para más adelante el sistema se repetiría para llevar ese asteroide hasta las cercanías de Marte, quizás para 2030 y con la intención de usarlo como punto intermedio para esa obsesión roja que tienen todas las agencias espaciales: “amartizar”.
La misión NEO, al igual que otras paralelas que desarrolla Europa y Rusia, tienen como objetivo poder plantearse un viaje a Marte, servir de escaparate y base de pruebas espacial para sistemas que serían usados en ese futuro viaje al planeta rojo, que es la razón y justificación de fondo de esta segunda carrera espacial internacional (esta vez coordinada entre todos, con la excepción de China y la India, que siguen una línea diferente pero que podrían unirse en el proyecto futuro).
Y otro robot a Marte en 2020. EEUU enviará un nuevo robot a Marte en el año 2020 tras los primeros éxitos cosechados por el rover Curiosity, que comenzó su andadura para explorar el planeta rojo. La NASA mantiene así el compromiso para un programa de exploración que cumpla con los objetivos que ser han puesto sobre Marte. La nueva misión incluye la participación del Curiosity y el Opportunity, dos naves espaciales de la NASA, así como del Stipendi, una nave espacial europea actualmente en la órbita de Marte. Y tiene mucha importancia en la preparación de la gran misión tantas veces anhelada, la de enviar seres humanos a Marte en la década de 2030 (igual algo más tarde). El futuro robot se diseñará en función de los resultados obtenidos por el Curiosity, que aterrizó en Marte de manera exitosa el pasado verano, lo que permitirá reducir costes en la misión y minimizar riesgos. La misión se inscribe en el plan de presupuesto de cinco años que el presidente estadounidense planteó para el ejercicio fiscal 2013, y está supeditada a dotaciones futuras.