La nueva Tierra ya es una opción más del abanico que maneja la Humanidad: si nuestra estupidez colectiva sigue adelante, el único hogar que tenemos de verdad se volverá mucho más hostil y la vida mucho más complicada.

Los programas de búsqueda de exoplanetas (planetas exteriores al Sistema Solar) no paran de rendir cuentas de todos los potenciales mundos que existen ahí fuera. Y lejos, muy lejos. En los últimos cinco años se ha disparado el número porque la tecnología y el dinero invertido en su búsqueda se ha incrementado. Y no hay mejor manera de encontrar algo en ciencia que rascándose el bolsillo. No obstante, la mayor parte son estériles y sin opciones de habitabilidad mínima. Por eso se dividen entre los viables y los que no. Para eso se creó el Catálogo de Exoplanetas Habitables, que ya incluye 29 que son aptos para ser colonizados. A todos se les aplica el índice de semejanza (en una escala de 0 a 1 en el que la Tierra ocupa el 1) para calcular si es viable o no. Los encargados de elaborarlo son los investigadores del Laboratorio de Habitabilidad Planetaria en la Universidad de Puerto Rico en Arecibo.

El primero de la lista es Kepler-438b, con un 0,88 de índice de semejanza por luz recibida, temperatura de la atmósfera, composición y tamaño. Por encima de 0,8 sólo hay otros seis: Kepler-296e, GJ 667Cc, Kepler-442b, Kepler-62c, GJ 832c y EPIC 201367065d, uno de los últimos en ser descubiertos. Para que se hagan una idea de paralelismos de habitabilidad, Marte sólo alcanza un 0,64 en la escala, y si algún mundo es colonizado en breve será el planeta rojo. Entre este pelotón de cabeza y Marte hay otros 16 mundos, todos ellos posibles nuevos hogares. De la lista 19 son más grandes que la Tierra y en la mayor parte de los casos sólo se habla de teorías más que de certezas: la única forma de conocerlos es por el flujo estelar de las estrellas sobre ellos, y son todos datos indirectos. La luz incide sobre sus atmósferas y los telescopios y otros aparatos pueden entonces intuir cómo es su atmósfera, su tamaño e incluso se hay agua. Pero hasta que no mandemos algo hasta allí no se sabría a ciencia cierta.

Pero la búsqueda de un nuevo mundo es una constante. Ya lo era cuando los primeros astrónomos ampliaban generación tras generación el catálogo de planetas del Sistema Solar, para luego romper el tabú de que sólo aquí había planetas. Entonces llegó la búsqueda incesante. El primero confirmado no llegaría hasta 1992 gracias a la luz del púlsar PSR B1257+12, que “iluminó” varios planetas de formación rocosa. Pero el primero de verdad fue 51 Pegasi b, detectado en 1995 por Michel Mayor y Didier Queloz. Desde entonces ya se han hallado casi 1200 sistemas planetarios. La gran mayoría, gigantes gaseosos. Cerca del 25% de las estrellas semejantes al sol podrían tener planetas parecidos, más o menos grandes que la Tierra. Durante años un telescopio como el Keck de Hawaii, al servicio de la NASA, ha explorado más de 160 estrellas “amarillas” (como el Sol) y “enanas rojas”, las más via­bles de permitir la vida cerca de ellas y no carbonizarlas o congelarlas.

El resultado del estudio arroja que un 1% tiene planetas gaseosos gigantes del estilo de Júpiter; otro 7% poseían planetas similares a Neptuno, gigantes rocosos con una pesada y densa atmósfera; y finalmente, otro 12%, planetas denominados supertierras por su tamaño (de tres a diez veces la masa de nuestro planeta). Siguiendo ese ritmo, calculan que hay al menos un 23% de posibilidades de que haya Tierras ahí fuera, orbitan­do algún sol, a la distancia suficiente para que la tempe­ratura no sea muy alta ni muy baja (problemas de Venus y Marte, uno demasiado calien­te y tóxico y el otro demasia­do frío cuando no recibe luz solar).

En abril de 2014 la NASA fue un poco más allá y detectó una cuasi hermana de la Tierra, Kepler-186f, con un índice de 0,61, el quinto planeta del sistema de esta estrella, el más externo y que se encuentra en lo que se denomina “zona habitable” en la que el frío y el calor están equilibrados y permite que se desarrolle la vida (teóricamente) sin amenazas térmicas o climáticas. Tiene aproximadamente el mismo tamaño que la Tierra y forma parte del grupo de 22 elegidos. Está en la constelación del Cisne, a 500 años luz de nosotros. Su parecido con la Tierra es importante, pero aunque tenga ese índice todavía no hay forma de saber si es realmente habitable.

La Kepler-186 es una enana roja que ha sido ampliamente estudiada por el equipo de investigación de la misión Kepler. Su naturaleza rocosa debido a que, por norma general, es improbable que planetas con diámetros inferiores a 1,5 veces la Tierra sean envueltos en atmósferas de hidrógeno y helio. Sin embargo los mismos modelos teóricos aventuran que Kepler-186f podría tener un tamaño parecido al de los tres hermanos rocosos del ciclo interior del Sistema Solar (Venus, Tierra y Marte). Otro tanto a su favor es que orbita una enana roja, es decir, una estrella donde se considera que hay más posibilidades de encontrar exoplanetas con las condiciones perfectas para la vida. Este tipo de estrellas son muy comunes en la Vía Láctea, nuestra galaxia, y cabe la posibilidad de que haya cientos, miles, puede que cientos de miles de mundos parecidos. La distancia y el tipo de órbita que mantiene Kepler-186f le permitiría además estar lo suficientemente lejos del campo de acción de las llamaradas solares.

HARPS, el “cazaplanetas”

Pero la búsqueda es incesante. Por ejemplo en 2012 un equipo internacional de astrónomos ha descubierto que en las zonas habitables en torno a las estrellas enanas rojas de la Vía Láctea existen decenas de miles de millones de planetas rocosos según el Observatorio Europeo Austral (ESO) desde su central en Garching, en el sur de Alemania. El sondeo, realizado con el espectrógrafo HARPS, el ‘cazador de planetas’ instalado en el telescopio de 3,6 metros del observatorio de La Silla, en Chile, permitió además deducir que en las vecindades del Sistema Solar, a distancias inferiores a 30 años luz, debe haber una centena de ‘súper-Tierras’ (con una masa de entre una y diez veces la de la Tierra).

Era la primera vez, además, que se medía de forma directa la frecuencia de súper-Tierras en torno a estrellas rojas débiles, que constituyen el 80 por ciento de las estrellas de nuestra galaxia. El equipo de HARPS buscó exoplanetas orbitando alrededor de las estrellas más comunes de la Vía Láctea —estrellas enanas rojas (también conocidas como enanas tipo M). Estas estrellas son débiles y frías en comparación con nuestro Sol, pero muy comunes y longevas, y de hecho suponen el 80% de todas las estrellas de la vía Láctea. Dado que las enanas rojas son tan comunes (hay unos 160.000 millones en la Vía Láctea), se puede concluir que hay decenas de miles de millones de planetas de este tipo sólo en esta galaxia.

Los astrónomos estudiaron la presencia de diferentes planetas en torno a enanas rojas y lograron determinar que la frecuencia de súper-Tierras en la zona de habitabilidad es de un 41% en un rango que va de un 28 por ciento a un 95%. Por otra parte, los planetas gigantes -similares a Júpiter y Saturno en nuestro Sistema Solar-, es decir, con una masa de entre 100 y 1.000 veces la de la Tierra, no son tan comunes alrededor de enanas rojas, con una presencia inferior al 12%.